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En la clínica con hombres gay aparece, con frecuencia, una distinción que vale la pena nombrar. Existe una primera salida del clóset —la social— que consiste en declararse ante los otros: la familia, los amigos, el mundo. Es un acto de nombramiento público, muchas veces costoso, sobre todo cuando ocurre en contextos hostiles u homofóbicos. Pero hay una segunda salida, menos visible y rara vez anunciada, que suele resultar más profunda: la salida hacia el propio sujeto.
La primera va hacia afuera. La segunda, hacia adentro. Y su tarea no es informar una orientación, sino revisar la identidad que se construyó alrededor de ella.
Una identidad construida para sobrevivir
Cuando alguien crece leyendo el ambiente para anticipar el rechazo —midiendo cuánto mostrar, cuándo callar, cómo no incomodar—, desarrolla una subjetividad eficaz para sobrevivir, pero no necesariamente fiel a sí. Esa vigilancia, inteligente y adaptativa en su origen, tiende a naturalizarse: el «qué dirán» externo se interioriza hasta dejar de sonar como una voz ajena. La segunda salida del clóset comienza, precisamente, cuando el consultante empieza a distinguir entre lo que es y lo que aprendió a ser para ser tolerado.
Conviene subrayarlo, porque es un punto ético: aquí no se trata de reparar nada de la orientación. No hay patología en ser gay. Lo que se trabaja es el sedimento de guiones heredados —familiares, culturales, religiosos— que se montaron sobre esa orientación y que hoy limitan la vida.
El síntoma como puerta, el vínculo como fondo
Rara vez el motivo de consulta es este. Se llega por estrés, por crisis de angustia, por una sobrecarga difusa. Y en el trabajo va emergiendo un tema de fondo recurrente: la dificultad para sostener vínculos duraderos. Se añora una conexión profunda, pero la experiencia se repite en encuentros efímeros seguidos de una sensación de vacío. El otro se va.
La lectura clínica no se dirige entonces a la pregunta por qué se van, sino a otra: qué lugar ocupa el sujeto para que la escena se repita. El vacío, leído así, no es la mera ausencia de una pareja, sino la marca de una falta más estructural, y de una añoranza de vínculo que insiste. La repetición no es mala suerte: es un texto que puede leerse.
El guion romántico como obstáculo
A menudo interviene, además, un ideal heredado: el relato del rescate —el otro que llega a completar, la promesa de una felicidad que vendría, por así decirlo, preinstalada en la pareja—. Ese modelo, tomado sin examen, ubica la satisfacción siempre en un más allá que no llega, y desresponsabiliza al sujeto de su propio deseo. Parte del trabajo consiste en desmontar ese ideal, no para renunciar al amor, sino para poder construirlo desde un lugar más propio.
Un proceso, no una fórmula
Nada de esto ocurre de manera rápida ni lineal, y sería deshonesto presentarlo así. No es una transformación ni un método exprés. Es un proceso de elaboración, hecho con tiempo y sin juicio, en el que se reconocen los guiones, se comprende su origen y se decide —de a poco— qué se conserva y qué se suelta. El consultante no está «roto», aunque a veces así lo viva; está en un momento que pide ser mirado con seriedad.
La segunda salida del clóset, en suma, es el pasaje de una identidad organizada para ser aceptada a una subjetividad que puede, por fin, sostenerse a sí misma. Y desde ese lugar —no antes— el vínculo con otro se vuelve posible de otra manera.
Carlos Hernán Arango Botero — Psicólogo
Carlos Hernán Arango Botero acompaña, en línea y en español, procesos de psicoterapia con hombres gay. Si este texto te resonó, la entrevista inicial en Equilibrio Virtual es un lugar para empezar a mirarlo, con calma y sin compromiso.