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Hay un mundo —el de las organizaciones multilaterales, las agencias de cooperación, los organismos internacionales— que atraviesa hoy una transformación profunda. Reestructuraciones, recortes, programas que se suspenden, contratos que no se renuevan, equipos que se mueven o se disuelven. Detrás de cada decisión presupuestal hay personas que dieron años —a veces décadas— a una misión, y que hoy la ven desmontarse. Ahí hay un dolor que rara vez se nombra, porque no encaja en las categorías habituales de la pérdida.
Un duelo sin funeral
No se llora a una persona, sino a algo más difícil de asir: un programa, una misión, un trabajo de años, la gente que ya no será atendida. Es un duelo sin ritual: nadie envía condolencias por un proyecto cerrado ni hay ceremonia para despedir aquello en lo que uno creyó. El entorno, además, pide seguir adelante —«adaptarse», «reinventarse»— como si no hubiera pasado nada. Y, sin embargo, algo real terminó, y merece ser reconocido como pérdida antes que como un simple cambio de etapa.
La sobrecarga del que se queda
Para quienes permanecen, la transformación tiene otra cara. Absorben el trabajo de los que se fueron, con menos recursos y más incertidumbre, mientras hacen el duelo de colegas y de la misión misma. Es una sobrecarga particular: sostener más, con menos, por algo que también podría desaparecer. Y suele venir acompañada de una culpa callada —«por qué yo sí y ellos no»—, esa que carga el que se queda cuando otros cayeron.
Cuando la identidad estaba en la misión
En este sector el trabajo rara vez es solo un empleo: suele ser una vocación. La identidad se teje con un propósito —el desarrollo, la paz, la salud, los derechos—, y eso da sentido a años enteros de vida. Por eso, cuando la institución se tambalea, la pregunta no es solo económica; es más honda: ¿quién soy y para qué sirvió lo que hice? Perder o ver desmantelado aquello a lo que uno se entregó sacude algo más profundo que un cargo.
Vivir en la incertidumbre
A todo esto se suma un estado que desgasta en silencio: la incertidumbre sostenida. Contratos suspendidos, renovaciones que no llegan, el limbo de no saber. Vivir en guardia, con el futuro en pausa, esperando un golpe que quizá llegue o quizá no. Esa vigilancia crónica tiene un costo —en el sueño, en el ánimo, en el cuerpo— aunque desde afuera todo parezca «seguir funcionando».
Un lugar para pensar el vértigo
El trabajo terapéutico no promete devolver lo que se perdió ni ofrece certezas que nadie hoy puede dar. Ofrece otra cosa: un lugar donde ese duelo sin ritual pueda por fin nombrarse; donde separar, con cuidado, el propio valor del destino de una institución que ya no es firme; donde pensar en medio del vértigo en vez de solo reaccionar a él. No es rápido ni hay fórmula —sería deshonesto ofrecerla—, pero permite recuperar un piso que no dependa de lo que la organización decida mañana.
La transformación de estas organizaciones es real y, en gran medida, no está en las manos de quien la vive. Pero el modo en que se atraviesa —el duelo, la sobrecarga, la incertidumbre— sí puede encontrar dónde ser pensado. Y desde ahí, con el terreno un poco más firme, el siguiente paso puede darse desde uno mismo, y no solo desde el miedo.
Un ensayo de Carlos Hernán Arango Botero, psicólogo. Si estas líneas te resonaron —trabajes o hayas trabajado en una organización en transformación, o cargues un duelo o una sobrecarga que no encuentra dónde ponerse—, puedes conocer el acompañamiento y dar el primer paso en una entrevista inicial.