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Casi todos crecimos con la misma historia. Una vida gris que se transforma cuando aparece alguien —un príncipe, un rescate— y, de golpe, todo cobra sentido. La Cenicienta no es solo un cuento infantil: es uno de los moldes con los que aprendimos a imaginar el amor. Y aunque parezca inofensivo, ese molde deja una huella que conviene mirar —sobre todo cuando organiza, sin que lo notemos, la manera de buscar pareja.
Un cuento que no era del todo nuestro
El guion tiene un origen: es heteropatriarcal, escrito para otros roles —la que espera, el que rescata—. Sin embargo, coloniza también el deseo de muchos hombres gay, que crecieron con las mismas películas y las mismas canciones. Así, sin haberlo elegido, uno queda a la espera de «el indicado»: la figura que, al llegar, vendría a completar lo que falta. Se importa una promesa que ni siquiera fue hecha para esta vida.
La felicidad como un upgrade
El corazón del mito es una idea: que la felicidad viene de afuera, casi como una actualización. Como si la plenitud estuviera preinstalada en la pareja correcta y bastara con encontrarla para que la vida «arranque». Ubicada así, la satisfacción queda siempre en un más allá —el próximo match, el próximo amor— que no termina de llegar. Y hay un costo silencioso: el sujeto se desentiende de su propio deseo, lo delega. Espera ser rescatado en vez de preguntarse qué quiere, qué le pasa, qué repite.
El príncipe que no llega (o que se va)
Por eso los encuentros decepcionan tan seguido: nadie puede ser el upgrade. A la persona concreta se le asigna un papel imposible —el de completar a otro—, y cuando no lo cumple, sobreviene el desencanto. A veces el otro se va, en parte, porque fue invitado a ocupar un lugar que no era suyo. El cuento prometía un final; la vida, en cambio, pide una construcción.
Desmontar el cuento sin renunciar al amor
Nada de esto es un alegato contra el amor. Al contrario: se trata de rescatarlo del mito. Desmontar la Cenicienta no significa dejar de desear un vínculo, sino dejar de esperarlo como un rescate. Es correr la satisfacción del «más allá» al presente, y volver al otro una persona —no una solución—. Ese trabajo no es rápido ni tiene fórmula; pero a medida que el guion se vuelve visible, deja de gobernar la escena. Y el amor, liberado de la tarea imposible de salvarnos, se vuelve por fin posible.
Quizá la madurez amorosa empiece ahí: el día en que uno deja de esperar al príncipe y se pregunta, con seriedad y sin prisa, qué desea de verdad. No para renunciar al encuentro, sino para poder sostenerlo cuando llegue —no como un rescate, sino como un encuentro entre dos que ya no necesitan ser salvados.
Carlos Hernán Arango Botero — Psicólogo
Carlos Hernán Arango Botero acompaña, en línea y en español, procesos de psicoterapia con hombres gay. Si este texto te resonó, la entrevista inicial en Equilibrio Virtual es un lugar para empezar a mirarlo, con calma y sin compromiso.