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Hay un vacío que no llega con la ausencia, sino después del encuentro. Se busca una conexión, se consigue —en el club, en la aplicación, en la cama de una noche— y, apenas se apaga, regresa una sensación difusa de falta. El otro se va, y algo queda resonando. Suele leerse como mala suerte o como falla del otro. Propongo leerlo de otro modo: ese vacío es proporcional a la cantidad de fantasmas que lo habitan.
El fantasma no es un espectro
Conviene precisar el término. Cuando el psicoanálisis —a la manera de Lacan— habla del fantasma, no se refiere a una aparición ni a un miedo, sino a un guion inconsciente: la escena, casi siempre muda, desde la cual un sujeto desea. No elegimos a quién deseamos con la libertad que creemos; deseamos según un montaje que se armó temprano, con imágenes, prohibiciones y promesas que ya no recordamos haber recibido. El fantasma es ese marco. Sostiene el deseo y, a la vez, lo encierra.
Por qué se repite lo efímero
Si la escena se repite —el mismo tipo de encuentro, el mismo final, el mismo desencanto—, no es por azar: es el fantasma haciendo su trabajo. Pone en escena, una y otra vez, una misma pregunta no resuelta. A veces el sujeto busca, sin saberlo, confirmar que el otro se irá; otras, revivir una figura que lo marcó; otras, sostener una distancia que lo protege de algo temido. El otro concreto importa menos de lo que parece: viene a ocupar un lugar que ya estaba escrito. Por eso cambiar de pareja no cambia la escena. Cambian los rostros; el guion insiste.
El vacío como medida
De ahí la fórmula con la que abrí: el vacío es proporcional a los fantasmas que nos habitan. Cada figura no elaborada —un padre, una exigencia, una humillación, un ideal— sigue reclamando ser puesta en escena. Mientras más guiones operan a oscuras, más se repite el encuentro que no colma, y más hondo el vacío que sigue. No porque falte gente, sino porque lo que se busca no está del lado del otro: está del lado de una pregunta que el sujeto aún no se ha hecho.
No se trata de exorcizar
Sería deshonesto prometer que el análisis elimina el fantasma. No lo elimina —ni conviene: sin una escena del deseo, no habría deseo—. De lo que se trata es de conocerlo: pasar de ser gobernado por un guion que no se lee, a poder leerlo —reconocer su origen, su lógica, su costo—. Cuando el fantasma deja de operar a ciegas, el sujeto recupera un margen —pequeño pero real— para elegir de otra manera. No es rápido ni lineal, y no hay fórmula: es un trabajo de elaboración, hecho con tiempo y sin juicio.
El vacío, entonces, deja de ser un enemigo. Empieza a ser un texto: la medida de lo que aún pide ser mirado. Y mirarlo —no llenarlo a las apuradas— es lo que abre, por fin, la posibilidad de un vínculo que no se agote en la escena de siempre.
Carlos Hernán Arango Botero — Psicólogo
Carlos Hernán Arango Botero acompaña, en línea y en español, procesos de psicoterapia con hombres gay. Si este texto te resonó, la entrevista inicial en Equilibrio Virtual es un lugar para empezar a mirarlo, con calma y sin compromiso.