El síntoma que habla por toda la familia

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Un hijo empieza a bajar las notas, a no comer bien, a encerrarse o a estallar por cualquier cosa. La familia entera se reorganiza alrededor de «el problema del niño»: se lo vigila, se lo lleva a consulta, se habla de él en voz baja. Y, sin embargo, a veces, el síntoma de uno está diciendo algo de todos.

El hijo que «lleva» el síntoma

En muchas familias hay un hijo —con frecuencia el más sensible— que termina expresando, con su malestar, tensiones que son de la casa entera. La terapia familiar lo llama a veces el «paciente identificado»: el que porta el síntoma en nombre del grupo. No es que los padres tengan la culpa; es que ningún hijo sufre en el vacío, y su dolor casi siempre está enredado con los vínculos que lo rodean.

Cuando el síntoma cumple una función

Puede sonar extraño, pero un síntoma a veces cumple una función sin que nadie lo decida. Un hijo que se enferma o que «da problemas» puede, sin saberlo, unir a unos padres que estaban distantes, o desviar la atención de otro conflicto que nadie se anima a mirar. No es manipulación ni teatro: es la forma en que un sistema busca, a su manera, mantener un equilibrio. Entenderlo no acusa a nadie; abre una puerta.

Dejar de buscar culpables

La mirada sistémica no pregunta «quién tiene la culpa», sino «qué nos está tratando de decir esto». Cambiar esa pregunta alivia muchísimo: la familia deja de dividirse entre víctimas y culpables y empieza a mirarse como lo que es —un grupo de personas que se quieren y que, en este momento, no están encontrando cómo—.

Mirar la familia, no solo al hijo

Por eso, cuando el malestar de un hijo se instala, muchas veces ayuda mirar no solo al hijo, sino las relaciones alrededor: cómo se habla, cómo se pone (o no) un límite, qué se dice y qué se calla. Con frecuencia, cuando algo en esos vínculos se mueve, el síntoma del hijo empieza a aflojar. No es rápido ni hay una fórmula —sería deshonesto prometerla—, pero cambia el lugar desde donde se busca la salida.

Que el dolor de un hijo hable de la familia no es una mala noticia: es, en el fondo, una esperanzadora. Quiere decir que no hay un hijo «dañado» que arreglar, sino vínculos vivos que todavía se pueden cuidar. Y que, cuando la familia entera se deja acompañar, el que «llevaba» el síntoma por todos suele ser el primero en poder soltarlo.


Un ensayo de Carlos Hernán Arango Botero, psicólogo. Si estas líneas te resonaron y en tu casa están atravesando un momento difícil con un hijo o una hija, puedes conocer el acompañamiento y dar el primer paso en una entrevista inicial.

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