Cuando el trabajo se mete en casa

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Hubo un tiempo en que la oficina se quedaba en la oficina. Se cerraba la puerta, se apagaba la luz y, con más o menos éxito, uno volvía a casa a ser otra cosa: pareja, padre o madre, amigo. Para muchos que hoy ocupan cargos de responsabilidad, esa frontera se borró. El trabajo ya no se queda en el trabajo: llega a casa en el cuerpo, en el humor, en la cabeza que sigue en la reunión mientras el cuerpo está en la mesa.

Llegar a casa sin llegar entero

Se puede estar en casa y no estar. El teléfono que no se suelta, la preocupación que no se apaga, la conversación familiar que se sigue a medias porque una parte quedó atrapada en un problema del día. La familia, entonces, recibe la versión cansada, distraída, lo que sobra después de que el trabajo se llevó lo mejor. Y esa presencia a medias, con el tiempo, se nota y duele.

La tensión que se filtra

La inestabilidad de arriba no se queda arriba. Un período de conflicto, de incertidumbre o de sobrecarga en el trabajo se cuela en la casa por rendijas pequeñas: la paciencia que se acorta, la irritabilidad con la pareja, la reacción desmedida ante algo menor de los hijos. Muchas discusiones domésticas no son, en el fondo, sobre lo que parecen; son la tensión del día buscando por dónde salir. El costo laboral termina pasando una factura afectiva.

Cuando el cargo se lo come todo

Detrás de esto suele haber algo más silencioso: el rol laboral que va colonizando a la persona entera. Se dirige tan bien y durante tanto tiempo que, sin darse cuenta, uno empieza a dirigir también en casa —a resolver, a evaluar, a controlar— cuando lo que ahí se necesita es otra cosa: estar, escuchar, aflojar. Cuesta quitarse el traje de mando; a veces ya no se sabe quién se es cuando no se está al frente de algo.

Recuperar un lugar propio

El trabajo terapéutico no viene a decirle a nadie que trabaje menos ni a reglar la vida familiar; para eso hay otros espacios. Viene a mirar algo más personal: qué se carga, por qué cuesta tanto soltarlo, qué tendría que pasar para poder llegar a casa y, de verdad, llegar. Es un lugar donde dejar la investidura del cargo para que no termine invadiéndolo todo. No es rápido ni hay una fórmula —sería deshonesto ofrecerla—, pero permite ir recuperando una frontera que se había perdido.

Que el trabajo se meta en casa no es una falla de carácter ni falta de amor por los suyos; es lo que pasa cuando un rol exigente no encuentra dónde descansar. Poder pensarlo —y ponerle un límite— no le quita nada al profesional. Le devuelve, en cambio, algo que se había ido diluyendo sin ruido: la posibilidad de habitar la propia casa como una persona, y no como una extensión de la oficina.


Un ensayo de Carlos Hernán Arango Botero, psicólogo. Si estas líneas te resonaron y ocupas un lugar de decisión o de alto rendimiento, puedes conocer el acompañamiento y dar el primer paso en una entrevista inicial.

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