El costo invisible del alto rendimiento

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Hay personas a las que todo el mundo admira por lo mismo: siempre cumplen. Entregan a tiempo, sostienen el proyecto, resuelven lo que nadie más resuelve. Desde afuera se ve como éxito, y muchas veces lo es. Pero hay un costo que desde afuera no se ve, y que la persona misma suele descubrir tarde: el precio de no poder parar.

Un rendimiento que no se apaga

El alto rendimiento se vuelve un problema no cuando se rinde mucho, sino cuando ya no se puede rendir de otro modo. El descanso empieza a sentirse como una amenaza; una tarde sin producir deja una culpa difusa, como si se estuviera fallando a alguien. La exigencia deja de venir del jefe o del cargo y pasa a vivir adentro: uno se convierte en su propio capataz, y de los más severos.

El cuerpo lleva la cuenta

Ese motor que no se apaga tiene un costo, y el primero en pagarlo suele ser el cuerpo. Insomnio, tensión que no cede, una ansiedad de fondo que acompaña incluso a los logros. Se celebra un resultado e, inmediatamente, la mirada ya está en el siguiente, sin un instante de disfrute. El cuerpo empieza a mandar señales que la voluntad ignora, hasta que un día se vuelven difíciles de ignorar.

Cuando rendir es la identidad

Debajo de todo esto suele haber una pregunta incómoda: ¿quién soy cuando no estoy rindiendo? Para muchos, el rendimiento no es algo que hacen, sino algo que son. Y ahí aparece el temor callado de que, si se detienen, debajo no haya nada —o no haya nadie que valga sin el logro—. Con frecuencia esa ecuación —valgo si produzco— es vieja: se aprendió mucho antes de cualquier cargo, y el trabajo solo le dio una forma adulta y aplaudida.

Mirar lo que el rendimiento tapa

El trabajo terapéutico no busca que la persona rinda más ni que se vuelva conformista. Busca otra cosa: entender de qué protege ese motor que no descansa, qué se estaría sintiendo si por un momento se apagara. Aflojar, con tiempo, la ecuación entre el valor propio y lo producido. No es un proceso rápido ni tiene una fórmula —sería deshonesto ofrecerlo así—; es un trabajo de elaboración, hecho con cuidado.

El alto rendimiento no es el enemigo; para muchos es un talento real y una fuente legítima de orgullo. La pregunta no es cómo rendir menos, sino cómo lograr que rendir deje de ser la única forma de existir. Cuando eso se afloja, el trabajo bien hecho deja de ser una condena silenciosa y vuelve a ser lo que alguna vez fue: algo que se elige, no algo de lo que se depende para respirar.


Un ensayo de Carlos Hernán Arango Botero, psicólogo. Si estas líneas te resonaron y ocupas un lugar de decisión o de alto rendimiento, puedes conocer el acompañamiento y dar el primer paso en una entrevista inicial.

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