Cuando la angustia toca la puerta

Español · English · Português · Français · Deutsch · Italiano · 中文

Casi nadie llega a consulta diciendo «vengo a revisar mi historia». Se llega antes: por una crisis de angustia que no avisa, un insomnio que se instaló, una sensación de sobrecarga que ya no cede. La angustia toca la puerta —a veces la derriba— y lo primero que se pide, con toda razón, es que pare. Quiero proponer, sin restarle urgencia a ese alivio, una segunda lectura: la angustia no es solo una falla que silenciar. También es un mensaje.

El síntoma no es el enemigo

Hay un reflejo comprensible: tratar el síntoma como un intruso, algo que apagar cuanto antes. Y a veces el alivio es necesario y hasta urgente —el acompañamiento médico, cuando corresponde, es parte legítima del cuidado—. Pero si el trabajo se detiene ahí, se pierde algo. Porque el síntoma no aparece al azar: se instala justo donde algo aprieta. La angustia no viene a arruinar la vida; viene a señalar un punto en el que la vida, tal como estaba organizada, dejó de sostenerse.

La angustia como brújula

A diferencia de otros afectos, la angustia no siempre tiene un objeto claro. No se le teme a algo preciso; se está ante un borde. Por eso desconcierta. Pero ese mismo desconcierto es informativo: la angustia suele encenderse cerca de una verdad que presiona por hacerse decir, y que aún no encuentra palabras. Marca la frontera de lo que no se ha podido pensar. Leída así, deja de ser solo tormento y empieza a funcionar como brújula: apunta, sin nombrarlo todavía, hacia lo que pide ser mirado.

Por qué aparece ahora

Rara vez es casual el momento. La crisis suele llegar en un umbral —una relación que termina, una mudanza, una exigencia nueva, un logro que en vez de calmar inquieta—. Son puntos en los que el guion de siempre ya no alcanza, y el cuerpo, que no miente, lo anuncia antes que las palabras. «Ahora» no es un mal momento: es el momento en que algo, por fin, se volvió imposible de seguir ignorando.

Escuchar, no solo callar

El trabajo, entonces, no consiste solo en callar el síntoma —aunque el alivio importe y sea bienvenido—, sino en escuchar qué nombra. Es un proceso lento y sin fórmulas: se le da lugar a lo que la angustia bordea, se reconoce de qué protege y qué impide, y de a poco eso que aparecía como puro malestar empieza a poder decirse. No prometo que la angustia desaparezca por completo ni de un día para otro; sería deshonesto. Prometo, si acaso, que puede dejar de ser un enemigo mudo para volverse algo legible.

Cuando la angustia toca la puerta, lo primero es entender que no vino a destruir: vino a avisar. Y atender ese aviso —con tiempo, con seriedad, sin juicio— es lo que permite pasar de sufrir un síntoma que no se entiende, a habitar una vida que, por fin, empieza a hacerse propia.

Carlos Hernán Arango Botero — Psicólogo

Carlos Hernán Arango Botero acompaña, en línea y en español, procesos de psicoterapia con hombres gay. Si este texto te resonó, la entrevista inicial en Equilibrio Virtual es un lugar para empezar a mirarlo, con calma y sin compromiso.

Deja un comentario