La soledad del que decide

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Hay una soledad que no se cura con compañía. El que dirige puede estar rodeado —equipos, juntas, agendas llenas, gente que lo busca todo el día— y, sin embargo, quedarse solo justo en el punto donde algo se decide. Es una soledad que rara vez se nombra, porque nombrarla parece una debilidad. Y, sin embargo, es de las cosas que con más frecuencia aparecen, en voz baja, cuando un líder por fin se sienta a hablar.

Una soledad estructural

No se trata de falta de afecto ni de aislamiento social. Es una soledad de posición. El que ocupa el lugar de la decisión sostiene un peso que, por su naturaleza, no puede repartir del todo: hay dudas que no se confían al equipo —porque desestabilizan—, tensiones que no se llevan a la junta, temores que no se dicen ni en casa para no preocupar. El liderazgo tiene así un reverso callado: cuanto más alto el lugar, menos interlocutores de verdad.

Sostener a todos, ¿y a uno?

A esa posición se suma una exigencia silenciosa: la de ser el que sostiene. Se sostiene a la empresa, al equipo, a la familia, a la imagen de solidez que se espera y que uno mismo empieza a creer necesaria. Mostrar una fisura parece un lujo que no se puede pagar. Pero la pregunta que casi nunca se hace —y que la clínica devuelve— es sencilla: mientras uno sostiene a todos, ¿quién lo sostiene?

Cuando la coraza se vuelve cárcel

Cierta contención es parte del oficio de dirigir; no todo se dice, y está bien que así sea. El problema aparece cuando esa contención deja de ser una herramienta y se vuelve una forma de vivir: una coraza que ya no se puede quitar. Ahí surgen los síntomas por los que muchos llegan —el insomnio, la ansiedad que no cede, una extraña sensación de estar cumpliendo un papel sin habitarlo—. El cuerpo empieza a cobrar lo que las palabras no han podido decir.

Un lugar para dejar la investidura

El trabajo terapéutico ofrece, ante todo, algo poco frecuente en la vida de un líder: un lugar donde no se es el cargo. Donde se puede pensar en voz alta sin que tenga consecuencias, decir la duda sin desestabilizar a nadie, y mirar con seriedad eso que se sostiene con tanto esfuerzo. No para volverse débil —al contrario—, sino para que la fortaleza deje de costar tanto. No es rápido ni hay fórmulas; sería deshonesto presentarlo así. Es un trabajo de elaboración, hecho con tiempo y con discreción.

La soledad del que decide no se elimina: es parte del lugar. Pero puede dejar de ser un peso mudo para volverse algo pensable. Y desde ahí —no antes— dirigir deja de ser una carga que se lleva a solas, y vuelve a parecerse a una vida propia.


Un ensayo de Carlos Hernán Arango Botero, psicólogo. Si estas líneas te resonaron y ocupas un lugar de decisión o de alto rendimiento, puedes conocer el acompañamiento y dar el primer paso en una entrevista inicial.

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